FACETAS

UNA LECTURA DE
JAIME SABINES

Hace cosa de tres años se anunció que Jaime Sabines leería sus poemas en la Sala Nezahualcoyotl, en Ciudad Universitaria, al sur de la capital. Recuerdo que era una tarde cualquiera, quizá sólo se distinguía de otras por la presencia de Sabines en un lugar público dirigiéndose a un multifacético auditorio, repitiendo los viejos poemas que muchos sabíamos de memoria, y por el cielo azul y despejado, pese a la fama de ciudad contaminada que tiene la capital. Una nubecilla, al fondo, certificaba la salud de ese día.

Cuando llegué al lugar del recital, me sorprendí: un nutrido grupo de personas esperaban en las escalinatas de la sala de conciertos la oportunidad de ingresar a ésta. Esta lucía totalmente llena, se avisó por unos altavoces que dada la afluencia de público sería posible ver y oír a Sabines, en transmisión directa, en las dos salas de cine que se encuentran en el mismo recinto. No sin pena, en compañía de algunos que se resignaron a no escucharlo en persona, nos dirigimos a ellas. Otra sorpresa; las salas estaban a toda su capacidad. Esperamos un rato. Me sentí confundido.  ¿Qué hacer? Las altavoces volvieron a hacerse oír: dado que más público seguía llegando motivados por la presencia de Sabines, se había abierto ya la sala Miguel Covarrubias, donde normalmente se realizan las funciones de danza. Me dirigí a ella presuroso.  Otra decepción: estaba casi llena, y los lugares del fondo, arriba, fueron ocupados con prontitud.  Regresé a la escalinata de la sala Nezahulcoyótl.  Estaba como al principio. Y por los mismos altavoces se anunció que se transmitiría la lectura, la voz del poeta. No hubo más remedio. Me senté en un jardín, y escuché el verbo del chiapaneco. Sentí que estaba solo, según los poemas iban abriendo su mundo de palabras. El tiempo seguía fresco, agradable. Quizá la nubecilla había desaparecido a esa hora, sin que nadie le prestara atención, mientras escuchaba en el altavoz y en mi interioridad los viejos temas, sin prestarle lógica al orden:

Creí que estaba solo, y era verdad en parte. La voz de Sabines pronunciada en la amplia sala tenía expectante a su auditorio. Leía sobre una pequeña mesa, y su silla, era la silla de ruedas en la que convalecía de una operación. A cada poema concluido venía un aplauso que poco a poco se apagaba, como el estruendo de las olas contra los muros de un malecón. Un murmullo como el de una ciudad inmensa, y el voncinglerío que termina, como una película muda, donde la acción continúa. Estaba solo. Las palabras de Sabines sin ser fuertes por su tono, me conmovían, me decían la verdad de este mundo avistado y la de un mundo que aún imaginado sé que es real, que está presente en mí y en la multitud de sus lectores. Fue entonces cuando me di cuenta que mi soledad estaba, en su momento, constituida de muchas compañías. Todo el jardín del complejo universitario estaba lleno de hombres y mujeres que escuchaban a Jaime Sabines y comulgaban con él en un rito de lectura y de palabras. En un río de encuentros. No recuerdo cómo terminó todo. Pero incorporé para siempre a mi simbología personal lo sucedido esa tarde.

¿Cómo es posible que alguien se atreva a afirmar, próximos a una nueva época, que la poesía no es un poder, que no tiene utilidad?

Sabines se convirtió en la nueva etapa de su mito. La muerte nos mitifica, nos perfecciona en el recuerdo de los demás. Pero Sabines ya era un mito desde antes de morir. Logró, con sus textos sencillos y profundos, una popularidad que la poesía desde Amado Nervo no recuperaba en México. Todo mexicano, medianamente letrado, se sabe una línea de Sabines o vagamente recuerdo algún eco de su poesía.  Al  revés de Nervo, Sabines construyó con sus poemas una popularidad en una era tecnológica y televisiva, que desplaza a la poesía más incomprensión  por su aparente falta de utilidad en el lucro y la ganancia.  La poesía, en la voz de Sabines, no sólo se mantuvo, no sólo flotó, sino que creció sin que parecieran importarle las aguas mercantilistas. Se volvió, de verdad, popular. Leído por cultos y por gente llena. Un poeta, perdón si la expresión no es agradable a los ojos o a los oídos, un poeta del pueblo. De ese pueblo que aparece como una referencia muerta en  los discursos de los políticos, en los poemas de Sabines aparece vivo. Algunos criticaron la llaneza de su poesía, pues lo fácil y lo popular evidencian, decían, falta de cultura.

¿Cuándo un poeta tiene mucho éxito, quiere decir que su mismo triunfo es su inmediata derrota y que su poesía no tiene calidad?. O sólo, como querían los muy cultos, lo difícil es estimulante. Por lo mismo se trató de minimizar a Nervo, pero aquél escribió su obra en una época en que el principal vehículo de comunicación era la letra impresa: libros, periódicos y no como Sabines, que la hizo en la época digital. ¿Cuánto sobrevivirá? A ciencia cierta, no podemos saberlo, sino suponerlo apenas porque las mentalidades cambian, y nunca tan rápido como ahora. La sociedad contemporánea no tiene fijeza, la llevan las modas de un sitio hacia otro. Todo es lucro. Y si toda poesía tiene su cuota de eternidad porque canta a los sentimientos del hombre e ilumina su interioridad, creo que la de Sabines durará mucho, porque lo hace en un lenguaje sencillo, sin complicaciones. Y claro: no quiere decir tal que no tenga profundidad, sino que la sensibilidad sabiniana es más sentimental que intelectual.

A Jaime Sabines lo leo desde mi adolescencia, es decir, desde siempre. Lo leo de nuevo y descubro una nueva verdad, un detalle que había pasado inadvertido, y me doy cuenta que tiene una razón de ser, y de  lógica: según mi experiencia crece y se enriquece, crecen y se enriquecen los poemas de Sabines. ¿Cómo lo hacen si están inmutables en el libro en el cual fueron impresos? Esta es la poesía: crece con sólo nuestra mirada.