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Tres ideas sobre Carlos Pellicer Jorge Lamoyi
Nosotros ubicamos a Carlos Pellicer Cámara,
Tabasqueño particular y mexicano universal, en esta línea de conducta;
hecho que, finalmente, constituye una tradición dentro de la cultura
mexicana, ya que han sido sus intelectuales los que primero, ante
arbitrariedades, injusticias o desatinos, han alzado su voz en protesta. Cuando Carlos Pellicer nace en 1897, en San
Juan Bautista, la actual Villahermosa era una ciudad tropical, casi acuática,
que constantemente veía derramarse sobre sus calles las aguas del
grijalva y, se distinguía en su arquitectura por sus gruesas
construcciones de muros anchos con las cuales se combatía el intenso
calor tropical. Sus casas con techos de tejas francesas le
daban a la pequeña ciudad una identidad particular, cuyo ambiente llamó
la atención, años después, a un importante escritor inglés que la
describió magistralmente, me refiero a Graham Greene. La familia de Pellicer de raigambre católica,
era profundamente tabasqueña. Nació el poeta en la calle de Sáenz, en
el centro de la Ciudad, a tan solo cuadra y media, de la casa donde
nacieron, curiosamente, casi por la misma época, otros tres ilustres
tabasqueños y destacados intelectuales mexicanos: José Gorostiza, el
autor de “Muerte sin Fin”; así como Andrés Iduarte, ensayista y
erudito en literatura hispanoamericana y profesor emérito de la
Universidad de Columbia. A Pellicer en su infancia lo marcaron tres
hechos que él declaró fundamentales para su visión del mundo: dos de
ellos se los debe a su madre, Deifilia Cámara: su acentuado catolicismo y
su amor al mar. Fue junto al mar de Campeche en donde Pellicer comenzó a
escribir sus primeros poemas. El otro hecho se lo debe a su padre, don
Carlos, quien siendo técnico en farmacia, a la hora de la Revolución no
vaciló en enrolarse en sus filas y al igual que miles de mexicanos tomó
las armas para implantar un orden social más justo. La sensibilidad
social de Pellicer se debe a ello. En 1915 el joven Pellicer ingresa a la
Escuela Nacional Preparatoria. Fue allí que se relacionaría con
personajes que más tarde serían sus compañeros de letras, como Samuel
Ramos, Jorge Cuesta, Salvador Novo, Julio Torri, Roberto Montenegro,
Xavier Villaurrutia, Jaime Torres Bodet, entre otros.
Esa es su generación: muchachos talentosos
que combinan con entusiasmo la tarea intelectual con una participación
política acorde a la exigencia de su tiempo. Con ellos mismos fundaría,
más tarde, la revista Contemporáneos, que dará nombre a su generación. En 1918, el gobierno de Venustiano
Carranza, decide promover el acercamiento entre México y América Latina,
como una de sus estrategias más importantes en materia de política
exterior y como una manera de contrarrestar las presiones que su gobierno
padecía de los Estados Unidos. Para ello, se valió de los jóvenes que
habían fundado la "Federación de Estudiantes de México" y, es
así, que Pellicer viaja por América Latina en compañía de otros jóvenes,
durante cuatro años, explicando y sensibilizando a nuestros hermanos
latinoamericanos de los ideales del gran movimiento revolucionario
mexicano y de la necesidad de la integración continental; a la vez que
realizaba contactos e inicia amistad con los grandes intelectuales del
Continente: Germán Arcieniegas, Germán Pardo García, Gabriela Mistral,
Leopoldo Lugones, Pablo Neruda. En 1922, viaja a Brasil, Argentina y
Chile, acompañando a José Vasconcelos, a quien Pellicer calificara como
"el hombre de la genial impaciencia". El joven Pellicer reafirma
con esta experiencia vital una de las que serán sus grandes pasiones: su
vocación latinoamericana. Carlos Pellicer, también es recordado como
uno de los museógrafos más notables que ha tenido México. Desde 1952
ejerció como director de los Museos de Tabasco. Su amor e interés por
las culturas olmeca e indígena lo llevó a recorrer una y otra vez el país
enteró y a fundar ocho importantes museos. Su personalidad es un caso singular en la
cultura mexicana: oriundo de una provincia pequeña y aislada, terminaría
siendo el más cosmopolita de su generación; un poeta católico en
tierras de Tomas Garrido Canabal; un joven vasconcelista en el México
bronco de los caudillos; un idealista con el sueño bolivariano de la
integración de la América Española. Un luchador social profundamente
antiimperialista, defensor siempre, hasta su muerte, de nuestra dignidad
frente a los poderosos. Más, la pasión de Pellicer por Tabasco en
su raíz primigenia, la original, el espacio vital que le daba razón de
ser a todos sus actos posteriores. Su idea de Tabasco lo fue nutriendo a
lo largo de su vida de numerosas y variadas pasiones. No había dispersión
en ello sino ánimo de aprehensión de la totalidad del mundo. No falta
los motivos de la poesía que son los mismos del hombre: el amor a
determinada persona, la angustia ante la temporalidad de la vida, el canto
a la naturaleza y al paisaje tabasqueño y del Valle de México. Pellicer,
"esa ceiba que camina" al decir de Elena Poniatowska, tenía
otras pasiones que serán, si la palabra es válida, más concretas y dan
clara idea del amor de Carlos Pellicer por los héroes de México y América
Latina: el culto a su mundo le dedicará uno de sus textos más
encendidos. Y es que al habitante original de América, el indígena, lo
convertirá en uno de sus más hondos motivos de expresión: lo mismo hará
con Simón Bolívar, el gran libertador. Unirá ambas admiraciones en su poesía
comprendiendo que el héroe indígena y el héroe criollo son uno mismo:
el primero, vencido y dispersado; el segundo, vencido y exiliado, y que
ambos linajes se unen no sólo en y para la historia sino también para la
palabra y sus inmensas posibilidades.
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